La distinción entre el Clásico y el Posclásico era sumamente precisa hace apenas un par de décadas. Al concebirse el primero como una época de paz y clímax cultural, y el segundo como de inestabilidad política y guerra, los hombres del Posclásico contrastaban con los del Clásico como las polillas destructoras de colmenas contrastan con las abejas. En este escenario idealizado, los gobernantes de las sociedades clásicas aparecían como sacerdotes entregados a las especulaciones filosóficas, al registro del tiempo y a la observación de los astros; en contrapartida, los líderes posclásicos eran concebidos como valientes guerreros obnubilados por la obligación de entregar a los dioses la sangre de sus enemigos de guerra. Esta visión, creada fundamentalmente por los mayistas, empezó a desvanecerse hace unos cuantos años en beneficio de concepciones que conducen a una imagen más humana de los pueblos del Clásico. Así, el desciframiento de los textos jeroglíficos, los estudios iconográficos y los análisis de la antropología física siguen aportando pruebas sobre el carácter belicoso de las ciudades-estado del Clásico, las prácticas sacrificatorias de sus habitantes y las ambiciones expansionistas de sus gobernantes. Las diferencias entre ambos periodos, aunque se siguen reconociendo, son ahora menos nítidas, sobre todo si se toma en cuenta que la principal característica del Posclásico fue el militarismo. Por si esto fuera poco, la exacerbación del aparato bélico y otros elementos definitorios del Posclásico, como la gran movilidad demográfica, la inestabilidad política, la difusión de elementos culturales y los procesos de expansión hegemónica, tienen sus primeras manifestaciones en el periodo transicional llamado Epiclásico. Hay entre el Clásico y el Posclásico, sin embargo, una diferencia notable en cuanto a la posibilidad de información. Para el estudio del Posclásico no sólo se cuenta con la arqueología y la antropología física, sino con los documentos en español, en lenguas indígenas y, en menor escala, en latín. Esto hace que conozcamos el Posclásico con una precisión muy superior a la que podemos lograr al aproximamos a periodos anteriores.
Dijimos que el colapso de las grandes capitales del Clásico produjo desequilibrios en las relaciones políticas, fragmentación de las redes comerciales y vacíos de poder. Como se ha visto en capítulos anteriores, nuevos centros se encargaron de reestructurar y controlar, al menos regionalmente, las rutas de comercio; pero la fuerte competencia entre ellos desembocó en el incremento del ejercicio de las armas y, con él, en una mayor inestabilidad política. El clima de incertidumbre pudo haber sido uno de los factores originales de la movilización de grandes contingentes humanos, desplazados unos por la guerra, impulsados otros por la búsqueda de territorios más propicios a sus intereses, y otros más guiados por lo que parecen haber sido francas aventuras de conquista. Un factor que debió de tener mucho peso en esta cadena de movilizaciones fue la afluencia de sociedades septentrionales. Armillas suponía que las condiciones ambientales se volvieron completamente negativas para los agricultores del área Norte, generando migraciones multitudinarias hacia regiones más benignas. El problema llegó a ser tan grave, que hacia el año 1000 el septentrión mesoamericano había sido abandonado por los sedentarios, y dejado a los recolectores-cazadores. No es descabellado afirmar que esta retracción de la frontera tuvo enormes repercusiones en las áreas vecinas receptoras, que, sin centros políticos sólidos y sin fuerza para resistir el flujo de las masas de emigrantes norteños, sufrían los efectos de la enorme presión demográfica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario