Nuestro presente histórico es como un flujo alimentado por diversas corrientes que, próximas, distantes o remotas, integran y dan cuenta de la compleja realidad que es el México actual. Cada una de las grandes etapas de este devenir, pervive en nosotros; por más lejanas que parezcan, no dejan de proyectarnos su sombra. La primera de dichas etapas, conocida como México antiguo, se define por su aislamiento continental. Tuvo una enorme duración: más de 35 000 años. Se inició con la llegada paulatina de bandas de recolectores-cazadores y concluyó, tras grandes transformaciones sociales, con la ocupación europea. El México antiguo nunca existió como unidad histórica. Sus límites se fijan artificialmente a partir de las fronteras políticas de nuestros días. No obstante, este concepto es útil porque el conjunto de sociedades que vivieron en el territorio que actualmente ocupa México es uno de los antecedentes de nuestro ser. En la antigüedad hubo en dicho territorio tres superáreas culturales. Si bien es cierto que las sociedades que integraban cada una no constituyeron una unidad política, sí formaron dentro de ellas sendos entramados históricos. Las tres superáreas a las cuales nos referimos, comprendían, Aridoamérica al noreste y a la Península de Baja, California; Oasisamérica al noroeste y Mesoamérica a la mitad meridional de México. Debemos advertir que todas rebasaban el territorio mexicano: las dos primeras ocupaban buena parte de los Estados Unidos, mientras que la última se extendía a lo largo de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Una superárea cultural supone la existencia de grupos humanos ligados por un conjunto complejo y heterogéneo de relaciones. A lo largo de los milenios, éstas se establecen entre sociedades que viven en áreas contiguas; el resultado son tradiciones e historia compartidas. Fundamentalmente, las relaciones se generan a partir de los intercambios constantes de bienes; de los desplazamientos transitorios o permanentes de grupos dentro de la superárea; de los intereses compartidos entre las élites que gobiernan las diferentes entidades políticas; del dominio de unas sociedades sobre otras; de las acciones bélicas, tanto de alianza como de conflicto, etc. Más que como un conjunto de elementos inmutables en el tiempo y en el espacio, las tradiciones que caracterizan una superárea cultural deben concebirse como una peculiar corriente de concepciones y prácticas en continua evolución multisecular y con notables particularidades regionales. Las sociedades de una misma superárea cultural podían diferir en nivel de desarrollo. Lo importante fue que las relaciones se constituyeron en forma estructural y permanente. En cambio, las meras relaciones comerciales o las simples copias de estilos artísticos entre las tres superáreas no bastaron para integrar a sus pueblos en una misma tradición. Por ejemplo, el intercambio entre Oasisamérica y Mesoamérica, aunque intenso, no uniformó los fundamentos socioculturales de ambas superáreas.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Supervivencias del mundo prehispánico en la sociedad actual
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